Caracas,
la capital de Venezuela, posee una población de 5.905.463
habitantes de todas las tipologías y clases sociales. En su espacio territorial
se llevan a cabo distintos tipos de procesos que por momentos convergen, dando
cabida a espacios de convivencia como los que se dan en las respectivas calles
“del hambre” de la ciudad y del resto del país.
“La
calle del hambre” perteneciente a la urbanización La Trinidad, del municipio
Baruta de Caracas, es un espacio donde distintos puestos de comida rápida se
disponen a ofrecer, principalmente, perros calientes, hamburguesas y pepitos.
El caraqueño generalmente acude a este sitio en momentos de apetito nocturno,
pues es uno de los pocos lugares de la ciudad que permanece abierto hasta la
madrugada y, además, se caracteriza por sus económicos precios y su generosa
comida.
Las
variedades de salsas e ingredientes peculiares como el aguacate, el huevo y el
chorizo, forman una parte esencial de estos puestos de comida que ofrecen al
consumidor una serie de elementos que convierten el acto de comer en un ritual
cuasi obligatorio para el venezolano.
Lo
que no se percibe a primera vista es que “La calle del hambre” es mucho más que
un sitio para comer. Al reinterpretar sus características, podemos visualizar un
fenómeno ritualista donde se generan distintos códigos, transmitidos mediante frases
que solo los venezolanos podemos entender, como “dame una triple bomba”, “un full
equipo”, “que esté bien resuelto”, entre otras. Las personas que dirigen el
lugar se caracterizan por ejercer su labor de una manera entretenida; así, suelen
preparar la comida a modo de espectáculo, cantan, bailan y conversan, invitando
así (indirectamente) a la unión al ritual y concediéndole un rato distinto al
consumidor.
El
término “asquerosito”, que se refiere al perro caliente, viene dado porque
estos puestos de comida no se someten a inspecciones sanitarias y, por ende, no
cumplen de manera obligatoria con los procesos que estas demandan. Sin embargo,
al reinterpretar esta característica entendemos que el venezolano no se siente
afectado por la posible falta de higiene de estos sitios. Al mismo tiempo, se
añade el factor de que aunque un perro caliente se elabore de manera no
higiénica, esta insalubridad debe ser muy alta para que le sea visible al
cliente, y por lo general no lo es; así, es más fácil “hacerse la vista gorda”.
Por otro lado, se puede percibir que esta manera de elaborar la comida en estos
sitios es, más que un aspecto circunstancial, un aspecto determinante para la
realización del ritual: todo es parte de un protocolo libre de preocupaciones
tanto para el cocinero como para el consumidor, y esto es algo que ya está
implícito en la relación existente entre ambos. El “perrocalentero” venezolano
es como un artista independiente que no quiere ser sometido a leyes externas a las
de su universo creativo, y los límites de este universo son las cuatro bases de
su puesto, su menú y el espacio ocupado por sus clientes, que interactúan con
su arte. El consumidor venezolano disfruta del ambiente improvisado al aire
libre e incluso se expone a los peligros de las calles caraqueñas con tal de
saciar su apetito con un “perro bien resuelto”. Sin embargo, algunos de estos
espacios han ido adaptándose a las costumbres de higiene del consumidor, sobre
todo desde la aparición de la gripe AH1N1, y han instalado aplicadores de gel
desinfectante que rompen con el esquema preestablecido pero que no dejan de
integrarse al ritual, creando una especie de collage de creencias y tendencias.
“La
calle del hambre” de La Trinidad es un perfecto ejemplo de collage cultural. En un mundo en el que cada vez adquiere una mayor
importancia el hecho de comer sano, existen espacios como este, espacios para
la indulgencia y la satisfacción personal y grupal; grupal porque se suele ir
con amigos, porque se realiza un intercambio
simbólico con gente tanto conocida como desconocida, tanto con otros
clientes como con los mismos cocineros: te reconozco, me reconoces y nos
aceptamos en nuestra interacción; esto crea una satisfacción social. El símbolo
del tacón Louboutin se mezcla con el
del casco del motorizado, símbolos que se encuentran polarizados caben y
dialogan en este espacio, en armonía, por medio de un encuentro implícito en un
lugar donde las identidades convergen. Hablamos, pues, de un collage cultural tanto desde una
perspectiva amplia (el puesto de perros calientes como parte de una cultura
diversa) como desde una perspectiva individual (la variedad cultural que se da
dentro del espacio del puesto de perros calientes).
El
servicio de estos sitios se limita a tener disponibles las diversas salsas e
ingredientes que suelen solicitar los clientes y, naturalmente, a la
elaboración de la comida; es un servicio compartido, pues el consumidor también
participa en la preparación de la comida, sea esta un perro caliente,
hamburguesa o pepito. El cliente no va pensando en comodidad, sino en comer.
Los
ambientes son contenedores de procesos y estos a su vez cambian el contenido
del ambiente. De esta manera, se analiza Caracas como una ciudad que además de
contener la cultura de puestos de perros calientes, cuenta con estos para la
modificación del contenido y la dinámica de la ciudad, así como cuenta con el
resto del contenido caraqueño para la modificación de estos sitios de comida
rápida.
En
los puestos de perros calientes ya podemos incluso encontrar televisores
pequeños, a disposición tanto de los dueños como de los clientes. Esto es
debido a que las tecnologías han ido ocupando cada vez más espacios, como ha
sucedido con el dispensador de gel antibacterial. Cuando una tecnología es
nueva, es cara y por ende no es introducida enseguida en un puesto de “perros”;
pero a medida de que su novedad va siendo sustituida por la de tecnologías más
modernas, se vuelve más económica y accesible para los dueños de estos puestos.
Esto es un ejemplo de cómo las extensiones
o tecnologías nuevas tienen consecuencias individuales y sociales en
nuestros asuntos.
Según
John Maeda y las leyes de la simplicidad,
con respecto a los códigos que se presentan en distintos lugares, tenemos la
repetición por recursión: el mismo sistema genera a otro; es por esto que todos
los puestos de perros calientes poseen características similares, porque parten
de un modelo básico. Cada vez más, se le presta especial atención a la
esteticidad del puesto, ya que se busca llamar la atención de los clientes con
una buena iluminación, un menú con nombres e imágenes atrayentes y colores
vivos. Estos elementos conforman el espacio
plástico del que nos habla Gombrich: el papel del espectador debe cumplirse,
lo visual debe ser descubierto y es imperativo llamar la atención hacia el
puesto de comida.
Para
registrar las imágenes de “La calle del hambre” de La Trinidad, se utilizó una
cámara digital profesional. El uso de este tipo de cámara se debió a que con ella
se pueden capturar imágenes de buena calidad, de una manera rápida y eficiente;
esto último era indispensable debido a la inseguridad del lugar en cuestión,
que nos obligó a trabajar rápidamente. A través de la fotografía logramos
retratar el cómo se desenvuelven los elementos dinámicos del espacio mencionado
y cómo interactúan entre ellos y con las propiedades fijas del mismo. Pudimos
así detenernos a analizar los símbolos que están allí, relacionándolos con
diversas teorías y otorgándoles un significado.
Realizado por Cristabelle García, Daniela González, Gricel Perrozzi, Andrea Thomas y Karla Urquía
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