martes, 14 de febrero de 2012

La "calle del hambre" de La Trinidad. El ensayo


Caracas, la capital de Venezuela, posee una población de 5.905.463 habitantes de todas las tipologías y clases sociales. En su espacio territorial se llevan a cabo distintos tipos de procesos que por momentos convergen, dando cabida a espacios de convivencia como los que se dan en las respectivas calles “del hambre” de la ciudad y del resto del país.

“La calle del hambre” perteneciente a la urbanización La Trinidad, del municipio Baruta de Caracas, es un espacio donde distintos puestos de comida rápida se disponen a ofrecer, principalmente, perros calientes, hamburguesas y pepitos. El caraqueño generalmente acude a este sitio en momentos de apetito nocturno, pues es uno de los pocos lugares de la ciudad que permanece abierto hasta la madrugada y, además, se caracteriza por sus económicos precios y su generosa comida.

Las variedades de salsas e ingredientes peculiares como el aguacate, el huevo y el chorizo, forman una parte esencial de estos puestos de comida que ofrecen al consumidor una serie de elementos que convierten el acto de comer en un ritual cuasi obligatorio para el venezolano.

Lo que no se percibe a primera vista es que “La calle del hambre” es mucho más que un sitio para comer. Al reinterpretar sus características, podemos visualizar un fenómeno ritualista donde se generan distintos códigos, transmitidos mediante frases que solo los venezolanos podemos entender, como “dame una triple bomba”, “un full equipo”, “que esté bien resuelto”, entre otras. Las personas que dirigen el lugar se caracterizan por ejercer su labor de una manera entretenida; así, suelen preparar la comida a modo de espectáculo, cantan, bailan y conversan, invitando así (indirectamente) a la unión al ritual y concediéndole un rato distinto al consumidor.

El término “asquerosito”, que se refiere al perro caliente, viene dado porque estos puestos de comida no se someten a inspecciones sanitarias y, por ende, no cumplen de manera obligatoria con los procesos que estas demandan. Sin embargo, al reinterpretar esta característica entendemos que el venezolano no se siente afectado por la posible falta de higiene de estos sitios. Al mismo tiempo, se añade el factor de que aunque un perro caliente se elabore de manera no higiénica, esta insalubridad debe ser muy alta para que le sea visible al cliente, y por lo general no lo es; así, es más fácil “hacerse la vista gorda”. Por otro lado, se puede percibir que esta manera de elaborar la comida en estos sitios es, más que un aspecto circunstancial, un aspecto determinante para la realización del ritual: todo es parte de un protocolo libre de preocupaciones tanto para el cocinero como para el consumidor, y esto es algo que ya está implícito en la relación existente entre ambos. El “perrocalentero” venezolano es como un artista independiente que no quiere ser sometido a leyes externas a las de su universo creativo, y los límites de este universo son las cuatro bases de su puesto, su menú y el espacio ocupado por sus clientes, que interactúan con su arte. El consumidor venezolano disfruta del ambiente improvisado al aire libre e incluso se expone a los peligros de las calles caraqueñas con tal de saciar su apetito con un “perro bien resuelto”. Sin embargo, algunos de estos espacios han ido adaptándose a las costumbres de higiene del consumidor, sobre todo desde la aparición de la gripe AH1N1, y han instalado aplicadores de gel desinfectante que rompen con el esquema preestablecido pero que no dejan de integrarse al ritual, creando una especie de collage de creencias y tendencias.

“La calle del hambre” de La Trinidad es un perfecto ejemplo de collage cultural. En un mundo en el que cada vez adquiere una mayor importancia el hecho de comer sano, existen espacios como este, espacios para la indulgencia y la satisfacción personal y grupal; grupal porque se suele ir con amigos, porque se realiza un intercambio simbólico con gente tanto conocida como desconocida, tanto con otros clientes como con los mismos cocineros: te reconozco, me reconoces y nos aceptamos en nuestra interacción; esto crea una satisfacción social. El símbolo del tacón Louboutin se mezcla con el del casco del motorizado, símbolos que se encuentran polarizados caben y dialogan en este espacio, en armonía, por medio de un encuentro implícito en un lugar donde las identidades convergen. Hablamos, pues, de un collage cultural tanto desde una perspectiva amplia (el puesto de perros calientes como parte de una cultura diversa) como desde una perspectiva individual (la variedad cultural que se da dentro del espacio del puesto de perros calientes).

El servicio de estos sitios se limita a tener disponibles las diversas salsas e ingredientes que suelen solicitar los clientes y, naturalmente, a la elaboración de la comida; es un servicio compartido, pues el consumidor también participa en la preparación de la comida, sea esta un perro caliente, hamburguesa o pepito. El cliente no va pensando en comodidad, sino en comer.

Los ambientes son contenedores de procesos y estos a su vez cambian el contenido del ambiente. De esta manera, se analiza Caracas como una ciudad que además de contener la cultura de puestos de perros calientes, cuenta con estos para la modificación del contenido y la dinámica de la ciudad, así como cuenta con el resto del contenido caraqueño para la modificación de estos sitios de comida rápida.

En los puestos de perros calientes ya podemos incluso encontrar televisores pequeños, a disposición tanto de los dueños como de los clientes. Esto es debido a que las tecnologías han ido ocupando cada vez más espacios, como ha sucedido con el dispensador de gel antibacterial. Cuando una tecnología es nueva, es cara y por ende no es introducida enseguida en un puesto de “perros”; pero a medida de que su novedad va siendo sustituida por la de tecnologías más modernas, se vuelve más económica y accesible para los dueños de estos puestos. Esto es un ejemplo de cómo las extensiones o tecnologías nuevas tienen consecuencias individuales y sociales en nuestros asuntos.

Según John Maeda y las leyes de la simplicidad, con respecto a los códigos que se presentan en distintos lugares, tenemos la repetición por recursión: el mismo sistema genera a otro; es por esto que todos los puestos de perros calientes poseen características similares, porque parten de un modelo básico. Cada vez más, se le presta especial atención a la esteticidad del puesto, ya que se busca llamar la atención de los clientes con una buena iluminación, un menú con nombres e imágenes atrayentes y colores vivos. Estos elementos conforman el espacio plástico del que nos habla Gombrich: el papel del espectador debe cumplirse, lo visual debe ser descubierto y es imperativo llamar la atención hacia el puesto de comida.

Para registrar las imágenes de “La calle del hambre” de La Trinidad, se utilizó una cámara digital profesional. El uso de este tipo de cámara se debió a que con ella se pueden capturar imágenes de buena calidad, de una manera rápida y eficiente; esto último era indispensable debido a la inseguridad del lugar en cuestión, que nos obligó a trabajar rápidamente. A través de la fotografía logramos retratar el cómo se desenvuelven los elementos dinámicos del espacio mencionado y cómo interactúan entre ellos y con las propiedades fijas del mismo. Pudimos así detenernos a analizar los símbolos que están allí, relacionándolos con diversas teorías y otorgándoles un significado.



Realizado por Cristabelle García, Daniela González, Gricel Perrozzi, Andrea Thomas y Karla Urquía



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